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La inteligencia que deberíamos empezar a contratar

    Esta semana vi un video que se volvió viral. En él, el CEO de Nvidia respondía a una pregunta simple: “¿Quién es la persona más inteligente que has conocido?”

    La respuesta me pareció más importante para recursos humanos que para tecnología.

    No habló del mejor programador.

    No habló del profesional con más conocimiento técnico.

    No habló de quien resuelve más rápido un problema.

    Planteó algo mucho más incómodo: buena parte de lo que durante años llamamos “inteligencia” empieza a convertirse en una capacidad asistida por IA. Programar, analizar información, resumir, redactar, comparar datos o generar alternativas ya no distingue tanto como antes.

    Y eso nos obliga a hacer una pregunta difícil:

    ¿Seguimos seleccionando talento para un mundo que ya cambió?

    El error: confundir capacidad técnica con valor futuro

    Durante años, muchas empresas han contratado principalmente por experiencia, estudios, dominio técnico y conocimiento del sector.

    Tiene sentido.

    Sigue siendo importante.

    Pero ya no alcanza.

    La IA no elimina la importancia del conocimiento técnico. Lo que hace es cambiar su peso relativo. Cuando una herramienta puede acelerar parte del análisis, la redacción, la programación o la búsqueda de información, el diferencial ya no está solo en “saber hacer”.

    El diferencial empieza a estar en algo más escaso: saber pensar, decidir y actuar con criterio en un contexto ambiguo.

    La universidad de Stanford viene documentando el avance acelerado de la IA en capacidades, adopción e impacto económico. Por otro lado, el MIT, ha planteado que las tareas menos sustituibles por IA son aquellas que dependen de empatía, presencia, juicio, creatividad y sentido humano. No es una defensa romántica de las habilidades blandas. Es una constatación estratégica: cuando la tecnología escala la ejecución, el criterio humano se vuelve más valioso.

    Lo que deberíamos evaluar mejor

    El CV dice lo que una persona hizo.

    La entrevista tradicional dice cómo lo cuenta.

    Pero ninguna de las dos cosas basta para saber cómo pensará cuando el contexto cambie.

    En selección de talento, el nuevo estándar debería mirar con más rigor seis predictores:

    1. Aprendizaje acelerado. No solo qué sabe hoy, sino qué tan rápido aprende, desaprende y aplica conocimiento nuevo.
    2. Criterio frente a la ambigüedad. Cómo decide cuando no tiene toda la información, cuando hay presión o cuando existen intereses contrapuestos.
    3. Pensamiento crítico aumentado. Cómo usa IA, pero sobre todo cómo valida, cuestiona y mejora lo que la IA produce.
    4. Lectura humana y organizacional. Cómo interpreta lo que no aparece en el organigrama: tensiones, cultura, poder, miedos, resistencias y señales débiles.
    5. Juicio ético. Cómo decide cuando algo es posible, pero no necesariamente correcto, prudente o sostenible.
    6. Influencia. Cómo logra que otros entiendan, confíen y actúen sin depender solo de la jerarquía.

    Este cambio también exige mejores métodos. Las entrevistas no estructuradas pierden fuerza. Los CVs serán cada vez más fáciles de embellecer. Las pruebas técnicas aisladas pueden quedarse cortas. La evidencia reciente en selección vuelve a poner sobre la mesa la importancia de herramientas más estructuradas, como entrevistas bien diseñadas, biodata, casos, simulaciones y ejercicios cercanos al trabajo real.

    Una pregunta útil ya no es solo:

    “¿Qué herramientas manejas?”

    Sino:

    “Cuéntame una decisión importante que tomaste con información incompleta. ¿Qué datos usaste, qué señales humanas consideraste, qué riesgos anticipaste y qué aprendiste después?”

    Esa pregunta evalúa más que experiencia. Evalúa madurez.

    Lo que deberíamos exigir a los líderes

    El liderazgo también cambia.

    Durante mucho tiempo, las organizaciones promovieron al mejor técnico. El mejor vendedor pasó a liderar ventas. El mejor analista pasó a liderar equipos. El mejor especialista pasó a tomar decisiones sobre personas.

    Ese modelo ya era insuficiente. Con IA, será aún más frágil.

    El líder que viene no será quien sabe más que todos. Será quien logra que personas, datos y tecnología produzcan mejores decisiones colectivas.

    Eso exige tres capacidades.

    • La primera: claridad. Vivimos con exceso de información, así que liderar no es agregar más datos. Es definir prioridades, criterios y renuncias.
    • La segunda: discernimiento. No todo lo automatizable debe automatizarse. No toda eficiencia mejora la cultura. No toda velocidad mejora la decisión.
    • La tercera: desarrollo de talento. Si la IA automatiza demasiadas tareas de entrada, podríamos debilitar los espacios donde antes se formaban los futuros líderes: análisis, investigación, preparación de propuestas, revisión de errores y aprendizaje por exposición. Algunas advertencias recientes apuntan precisamente a ese riesgo: los puestos iniciales podrían volverse más complejos y exigir más juicio desde el primer día.

    La paradoja es evidente: podemos ganar productividad hoy y empobrecer la cantera de talento mañana.

    La agenda de recursos humanos

    Recursos humanos no debería limitarse a capacitar en herramientas de IA.

    Eso es necesario, pero insuficiente.

    La verdadera agenda es otra: desarrollar personas capaces de pensar mejor con más tecnología disponible.

    Eso implica actualizar modelos de competencias, rediseñar entrevistas, incorporar casos de negocio, evaluar criterio, formar líderes en toma de decisiones y construir programas de mentoring donde se transfiera aquello que la IA no enseña bien: prudencia, timing, lectura política, manejo de stakeholders y sentido de consecuencia.

    La pregunta para una gerencia de recursos humanos ya no debería ser:

    “¿Qué curso de IA vamos a dictar?”

    Sino:

    “¿Qué capacidades humanas se vuelven más críticas ahora que la IA puede ejecutar más rápido?”

    Ahí está el verdadero cambio.

    La nueva ventaja

    La IA puede producir respuestas.

    Pero no define prioridades.

    No entiende por completo la cultura.

    No asume responsabilidad moral.

    No construye confianza sostenida.

    No conoce la historia no escrita de una organización.

    Por eso, la inteligencia que más valor tendrá en los próximos años no será la del profesional que acumula más información, sino la del que sabe convertir información en mejores decisiones.

    Quizá la pregunta de selección ya no sea:

    ¿Qué tan inteligente es esta persona?

    Sino:

    ¿Qué tan bien piensa, aprende y decide cuando tiene una inteligencia artificial al lado?

    Esa será una diferencia importante entre las organizaciones que solo adopten tecnología y aquellas que realmente aumenten su inteligencia colectiva.

    Por: Alvaro Goyenechea